En el día en que fuimos a almorzar a la Casa del Camba con
Osvaldo, surgió el tema de lo interesantes que son los jugadores de ajedrez. Creo que los ajedrecistas tenemos dos cosas en común: el ajedrez (duh!) y lo peculiares que somos. Unos más que otros, claro, pero creo que los personajes que se encuentran en el ajedrez (a nivel mundial, histórico, local o lo que sea) son realmente caricaturas y deformaciones del ser humano común, no hablo de características físicas, sino de rasgos de personalidad que hacen de cada jugador un personaje digno de retrato. Y no siempre son excentricidades, sino características múltiples que, fuera de los ajedrecistas, se presentan en dosis normales.
Por esta línea temática, les voy a hablar sobre la película “La defensa de Luzhin”.

Basada en el libro “La Defensa” de Vladimir Nabokov, la película nos sumerge en la cabeza de un Gran Maestro (ficticio, claro) llamado Alexander Luzhin y narra sucesos que de a poco nos revelan la vida de un ajedrecista tímido, errante y excéntrico que ha terminado siendo así como resultado de una infancia problemática debido a la separación de sus padres. El ajedrez se convirtió, desde entonces, en lo mejor y lo peor de su vida. El juego competitivo le causaba tal desorden mental e interno que le fue prohibido jugarlo. La ironía estaba en que algo que le hacía tan mal era lo mejor que le había pasado; el eterno romance entre el juego y el jugador. Fue abandonado por su mentor de ajedrez, Valentinov, después de algunos años de entrenamiento porque, según Valentinov, Alexander era un perdedor y no podría llegar a más de lo que había llegado hasta aquel momento. Esto fue una marca más en su historia, otra mancha, un derrumbe de ilusiones, qué más daba. Años después, decide volver jugar y lo hace en un importante torneo de grandes maestros, al norte de Italia. El ambiente de competencia, en un lujoso hotel, es interferido por la presencia de Natalia, otro huésped, que conoce por casualidad. Inexplicablemente, Alexander el declara su amor a Natalia, después de apenas días de haberla conocido, y de haber intercambiado pocas palabras entre ellos. Natalia lo acepta -también de forma inexplicable- a disgusto de sus familiares.
A partir de entonces, la película se desarrolla entre el torneo, la evolución de la relación entre Alexander y Natalia, y el riesgo que implicaba para Alexander jugar la partida decisiva de la final del torneo con quien era su rival desde hacía mucho, Turati. Valentinov, el ex – mentor, tiene mucho poder sobre las decisiones de Luzhin, trata de controlarlo para que caiga, y pierda, quiere que sea miserable. En esos momentos, Natalia es el nuevo apoyo que tiene Luzhin para vencer, y, a ratos, ni él mismo se da cuenta de ello.

La película es, definitivamente, el relato de una personalidad pasional, construida a pedazos, que guarda aún mucho de la ingenuidad infantil que no se ha ido del todo. Al final de la película es posible sentir gran empatía por el maestro, que se entrega por completo, de una u otra forma. El ajedrez tiene una espiritualidad inexplicable y atrapante. Y casi siempre incomprensible –para esos que lo ven desde afuera.

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